Crónica de una escapada a Bolivia

Hacía mucho tiempo que quería hacer un viaje así. Ir de Buenos Aires a Bolivia, pasando por Jujuy y Salta. Incluso fue una de las posibilidades evaluadas para la luna de miel -aunque finalmente se impuso Bariloche-.

Lo que no fue en 2009 se dio en 2010 de la mano de la Asociación Vientos del Sur y nuestra participación en el 1er. Encuentro Latinoamericano de Teatro del Oprimido, junto a Mariana y Julián.


La Quiaca


Nos levantamos a las 5 de la mañana y a las 6 ya estábamos partiendo en micro desde San Salvador de Jujuy hacia La Quiaca en un viaje de todos los colores por la gloriosa ruta nacional 9. Llegamos a eso del mediodía. Estábamos a 3.442 metros sobre el nivel del mar y sentíamos el apunamiento. Decidimos ir despacito hasta el cruce a Villazón, Bolivia.

A pesar de que se dice que en La Quiaca no hay nada, a mí me pareció un lugar con atractivo. La estación de trenes de carga -hasta el menemato también eran de pasajeros-, la iglesia, la plaza con glorietas y la peatonal valen la pena el pasito lento, acorde con la velocidad de la gente del lugar.

Llegar hasta el paso de frontera se me hizo como de 1km. pero pudo ser menos. Me dolía la cabeza y el cuerpo me pesaba una tonelada.

El puente internacional tiene varios "carriles". El más llamativo es el de los "paseros", lugareños de un lado y otro de la frontera que subsisten de pasar mercadería de todo tipo de un país al otro con la carga sobre sus hombros (y todo su cuerpo, de tan grandes que son los bultos). El tránsito de personas es veloz e incesante. Los paseros van al trote, intentando hacer el "trámite" lo más rápido posible, para iniciar el siguiente. A mayor cantidad de idas y vueltas, más plata reciben. La mayoría son mujeres. También se ven chicos.

El cruce de frontera. Problemas con un DNI

Del lado argentino no necesitábamos hacer trámites migratorios porque regresaríamos al otro día. Sólo insistimos al renuente y desconfiado personal de AFIP para que nos tomara declaración de la netbook y la cámara de video que llebábamos para no tener problemas al regresar. Nuestros equipos estaban en tan buen estado que nos insinuaron que era mercadería para vender afuera (un sinsentido porque no te revisan con qué salís, sino con qué entrás..y si lo íbamos a vender, para qué íbamos a declarar voluntariamente la salida de algo que no iba a volver).

Al llegar al lado boliviano la historia fue otra. Hay que hacer una fila para que te den una tarjeta de entrada. Yo creo que si pasábamos caminando (pasar de un lado a otro es como cruzar una calle) sin hacer ningún trámite, nadie se iba a dar cuenta, pero bueno, para qué complicarla.

La tarjeta de entrada de Mariana y la mía nos la entregaron sin problemas. El problema estuvo con Julián. Y no porque tuviera 19 años y no 21 para salir del país sin los padres, ya que hacía dos semanas (justito, justito!) que regía la nueva mayoría de edad en 18 años, sino que la foto de su DNI tenía borroneados los ojos.

Fue una lucha de 30 minutos hablando y hablando con cuanto gendarme boliviano apareciese para pedirle, rogarle y suplicarle un "gesto humanitario" (en esos términos terminé planteándolo) y que lo dejaran pasar, que era mi hermano, que estaba a mi cargo, que al otro día volvíamos, etc, etc... Al final, el jefe del jefe del jefe de turno se pudrió de mí y le dio la tarjeta de ingreso a Julián :) Ahora, sí, oficialmente, estábamos en Bolivia!

Villazón: la puerta de Bolivia

La contracara de La Quiaca es Villazón, del lado boliviano. Es una ciudad-feria, claramente de paso, donde todo (todo!) huele a hoja de coca. Nos tocó atrasar el reloj una hora y esperar dos horas la salida de nuestro micro a Tupiza, a dos horas y media de distancia.

Almorzamos en Villazón, algo poco recomendable ante el aspecto muy descuidado de los restaurantes (y de todo en general). Nos decidimos por algo poco riesgoso: almorzamos papa hervida y agua mineral (Julián se animó a una gaseosa de papaya).

El micro a Tupiza era un colectivo bastante destartalado y lleno de gente y bolsos. El recorrido es todo un trayecto de desierto y caminos de ripio en la montaña (la ruta principal estaba en obra). Nubes de tierra entraban por las ventanillas. Lo más lindo del recorrido fue pasar por un túnel excabado en la montaña, totalmente a oscuras, más parecido a una cueva que a un túnel moderno :)

Dos horas y media después de partir, llegamos a Tupiza.

La linda Tupiza

Tupiza es una hermosa ciudad. Colorida, pintoresca, muy cuidada, todo estaba como recién pintado y muy limpio. Es un lugar para quedarse, muy orientado al turismo, con precios muy baratos y para todos los gustos.

Tupiza está enclavada entre dos cadenas de cerros colorados y se puede subir al cerro mirador, coronado por una estatua de Cristo. Desde el mirador se ve la ciudad completa.

Recorrimos la ciudad entera y entre una cosa y hora nos llegó la noche. Cenamos en un restaurante italiano. En Tupiza comimos... pizza (!). Una pizza enorme y muy rica, con condimentos que le dieron un sabor especial.

Después de un último paseo nocturno, nos fuimos a dormir unas horas porque a las 4 am emprendíamos el largo regreso a San Salvador de Jujuy.

El Regreso a Jujuy

El paso de Villazón a La Quiaca fue sin demoras y sin apunamiento. Y el viaje de La Quiaca a San Salvador es súper lindo por la enorme variedad de paisajes. Se pasa del desierto a los bosques y en el medio cadenas montañosas de todos colores. Hasta el recorrido vale la pena!

Nuestro viaje a Bolivia fue una escapada linda e inolvidable :D

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